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El hotel está en los bordes del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, y sus sólidos cimientos del siglo XVII se asientan a la orilla del Ara, el último río salvaje de Aragón, el único que ha sobrevivido a la amenaza de presas y regulaciones fluviales. El entorno no puede ser más bonito.
Hay más detalles llamativos en el exterior. Por supuesto, su imponente perfil de monasterio carmelita ubicado en un escenario que parece que no toca. Es como si estuviera fuera de sitio, suspendido en un lugar y en un tiempo que no le corresponden. De alguna forma, podría describirse como un hotel a contracorriente. Tal vez por eso llama tanto la atención. La imagen todavía adquiere más belleza si se llega en el momento en que se despide el atardecer. La iluminación exterior es nueva. Se busca la calidez de la piedra y a esa hora mágica en la que el día cede terreno a la noche -la hora azul- la estampa es muy sugerente. Se empieza a disfrutar de la estancia antes de entrar.
Ya en el interior, se invita al cliente a una copa de cava a modo de bienvenida. La recepción está en el edificio histórico. En él, todas las habitaciones son distintas. Se ha respetado la estructura del monasterio, con sus sólidos muros de piedra, así que cada estancia se ha adaptado a los requiebros del diseño arquitectónico. Hace dos décadas, en un edificio anexo se construyeron 70 nuevas habitaciones y 40 villas que funcionan como apartamentos independientes del hotel. En cualquier caso, es en el monasterio histórico donde su encanto se siente con más intensidad. Tanta, que hace unos meses recibió el reconocimiento de 'hotel monumento' otorgado por el Gobierno de Aragón. Con él se resalta su valor histórico y cultural combinando la belleza arquitectónica con la modernidad y el confort de un hotel de lujo.
Hace ahora un año que el grupo Barceló dejó la gestión y vaya si se notan los nueve millones de euros que ha invertido la propiedad desde entonces. Iluminación, habitaciones, gastronomía, spa y piscina exterior y, sobre todo, innumerables detalles que no se ven pero que son fundamentales para que un cinco estrellas brille con la luz que merece. En ello siguen, intentando domar la impronta de un edificio con más de tres siglos de historia y del enorme recinto exterior que requiere de mucha atención.
A media tarde, los zaragozanos Fina y Joaquín salen a dar un paseo. Todavía les queda una noche para concluir su estancia de fin de semana y están encantados con la experiencia. “Es increíble -comentan-, no necesitas salir del hotel, casi es un destino en sí mismo”. Efectivamente, hay muchos rincones para recrear la vista y, sobre todo, donde disfrutar de la paz que transmite el entorno.
El antiguo claustro es uno de ellos, el más importante. Uno se puede imaginar a los monjes carmelitas descalzos paseando por él, en la zona interior ajardinada alrededor del pozo de agua que ya no existe, o en los pasillos laterales. Está cubierto por una cúpula acristalada que, de día, deja entrar la luz natural. Cambia mucho la imagen por la noche, con la luz justa para recrear la sensación de recogimiento que se transmite al ambiente. Muchos clientes acuden a este punto de encuentro después de la comida o de la cena. Un libro, una copa o un momento para charlar sin prisa. A todo ello se presta.
El director del hotel, Alberto Ruiz, nos acompaña a la iglesia. Está sacralizada y los clientes la pueden visitar. Se celebran bodas y bautizos y, en verano, alguna ceremonia religiosa de la parroquia de Boltaña. También se le hace un hueco a la cultura en la presentación de la Muestra de Ascaso, el festival de cine más pequeño del mundo.
Apenas una hora después de entrar al recinto, uno se da cuenta de que la piedra, que todo lo invade, no es sinónimo de frialdad en este hotel monumento. La cálida iluminación juega un papel fundamental, pero también la curiosa y extraña mezcla de elementos decorativos que reclaman la atención.
Muebles, tapices, alfombras, cuadros, esculturas… Todo proviene de Indonesia. Hay decenas de argumentos artísticos repartidos por las tres plantas. Es una decoración étnica que busca el contraste de culturas y tradiciones y que invita a recorrer cada rincón. Hay que acercarse a la segunda planta aunque uno no esté alojado en ella. El director Alberto Ruiz comenta que “es la que más cambió durante la reforma, con una gran presencia de madera en los techos que incrementa todavía más la sensación de calidez”. Piedra y madera dialogan sin estridencias. Es el entorno más acogedor.
Las habitaciones también lo son. Amplias, con vistas a las montañas del Pirineo o al río Ara. Las hay normales y de lujo, tanto las clásicas como las villas, con colchones king size para perderse en ellos. Alguna estancia tiene cabecero de piedra. El escenario perfecto para el descanso.
Eso sí, antes de que llegue el momento del retiro hay que pasar por el restaurante 'Marboré', donde el chef oscense Rubén Pertusa lleva las riendas de la cocina. Sin duda, es uno de los lugares donde se han producido más cambios. Ahora, la mayoría de los productos son del entorno y de Aragón.
Hay tradición y clasicismo, porque muchos clientes buscan las migas al estilo de los pastores o el jarrete de cordero del valle estofado al vino tinto, pero se le ha dado una vuelta al recetario aportando detalles de modernidad. Por ejemplo, en la combinación de foie mi-cuit con esturión ahumado del Pirineo. Un homenaje a Martín Berasategui y a su milhojas de foie y anguila ahumada.
En la carta prima más el producto que las elaboraciones rebuscadas. Al jefe de cocina le encantan las alcachofas. En su última versión las presenta fritas con una parmentier de patata, gel de yema, sardina ahumada y papada ibérica. Una combinación espectacular. En esa línea llama la atención la crema de cebolla de Fuentes de Ebro con huevo de corral. La presentación es curiosa, en un pan sobao o bregado sin miga que hace las veces de plato. Lo dicho, buenos productos, cuidada puesta en escena y poco interés por enmascarar el ingrediente principal.
De momento no ha llegado el menú gastronómico, pero no tardará. Ya está previsto el escenario, con cinco o seis mesas, y el chef no deja de darle vueltas a cómo plasmarlo. El nivel culinario de la provincia de Huesca no ha dejado de crecer en los últimos años y, con humildad, Rubén Pertusa se quiere subir al carro.
El spa es de verdad. No una piscina y poco más. En total, 1.100 metros cuadrados de instalaciones. Es uno de los principales reclamos, sobre todo fuera de la temporada de verano. Por supuesto, para los clientes alojados, pero también para los vecinos del entorno que lo pueden disfrutar entre semana, cuando baja la ocupación.
El río Ara pasa justo al lado y a través de las grandes cristaleras que dejan entrar la luz natural el paisaje atrapa. Mucho más en invierno, con las montañas de tres mil metros coronadas por la nieve como telón de fondo. Todas las instalaciones son nuevas. La propuesta incluye una gran piscina de hidroterapia con diferentes cascadas y cuellos de cisne, tres jacuzzis de diferentes formas, saunas romana y turca, una pileta de agua fría para hacer contrastes de temperaturas, una piscina de camas oxigenantes, duchas sensoriales con aromaterapia, cromoterapia y de contrastes, y duchas cascada y blue. El colofón puede llegar en forma de tratamientos faciales y corporales a la carta.
Historia, lujo, descanso para la mente y para el cuerpo, y un entorno natural de ensueño. Y es que fuera del hotel hay mucho que ver. Especialmente recomendable es el servicio de guía de montaña exclusivo con excursiones que se adaptan al nivel de los clientes y al momento del año. En verano se puede subir en vehículos 4x4 hasta los miradores del cañón de Ordesa, desde donde las vistas del parque nacional son espectaculares.
A modo de despedida, no está de más acercarse al pueblecito de Sieste. Está a tres kilómetros y se ve desde el hotel. Encaramado en un pequeño promontorio montañoso ofrece una visión panorámica excelente, con el monasterio en el fondo del valle y justo enfrente, la Peña Montañesa, otra cima icónica de este rincón del Sobrarbe. Una bonita postal para el recuerdo.
'HOTEL MONASTERIO DE BOLTAÑA'. Calle Latorrecilla, 2. Boltaña (Huesca). Tel. 974 508 000.
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