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En 'Guía Repsol' viajamos allí tantas veces porque nos genera adicción. Entre las montañas y valles que jalonan el Pirineo Aragonés es fácil contar, no uno, sino varios pueblos, villas, aldeas hermosas, cada una mas difícil de escoger que la otra por su belleza. Tras una caminata madrugadora, reposar el ánimo en un atrio del románico o en una posada que fue casa señorial y mantiene las ventanas góticas italianas, bajo un dintel de chimenea que afuera luce sombrero de bruja, es un lujo. Todos estos pueblos de Huesca son un refugio seguro en tiempos duros o blandos. Nos acogen con elementos que curan nuestras almas: deporte, naturaleza, belleza, silencio y paz. Estos son nuestros favoritos, los conocemos, los pateamos. No te los pierdas.
En pleno corazón del Huesca, Benasque es la puerta de entrada al techo de los Pirineos. Rodeado por la mayor concentración de tresmiles de toda la cordillera, este municipio es la base perfecta para coronar el Aneto. Si no te van las alturas, el casco urbano conserva ese encanto típico de villa montañesa. Con el Palacio de los Condes de Ribagorza de estilo renacentista, la Casa Juste con su impresionante torreón, la iglesia de Santa María la Mayor de origen románico y un puente medieval que cruza el río. Pero la verdadera joya es su entorno natural: el Parque Natural Posets-Maladeta ofrece 33.440 hectáreas con 13 glaciares. La cercana estación de Aramón Cerler, una de las más altas del Pirineo, completa una oferta donde la montaña y la tradición se dan la mano.
A las puertas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, Broto es esa antesala perfecta que anticipa la majestuosidad del valle. Este encantador pueblo destaca por la iglesia de San Pedro Apóstol del siglo XVI y la Casa del Valle, con su Torre de la Cárcel del siglo XVI que funcionó como prisión durante siglos. A apenas cinco minutos andando, la cascada de Sorrosal, un salto de agua de 50 metros que cae por una pared rocosa y que puedes contemplar desde diferentes ángulos, un espectáculo natural.
Con menos de 60 habitantes, Roda de Isábena ostenta un título único: es el pueblo más pequeño de España con catedral. Y no una cualquiera, sino la más antigua de Aragón, la de San Vicente, cuya construcción comenzó en el año 956 por orden del conde Ramón II. La catedral alberga tesoros como la cripta con los restos de San Ramón, primorosas pinturas murales románicas del siglo XII y un claustro donde se conservan inscripciones necrológicas esculpidas en los capiteles. Pasear por sus callejuelas medievales es respirar siglos de historia. Declarado Conjunto Monumental y uno de los Pueblos más Bonitos de España desde 2019, Roda de Isábena es al mismo tiempo un viaje en el tiempo y una parada casi obligatoria en Huesca.
La recuperada Casa del Prior construida sobre la antigua abadía. Foto: Mónica Grimal
En el extremo más occidental del Pirineo oscense, el Valle de Hecho es un rincón para contemplar la naturaleza en estado puro. Forma parte del Parque Natural de los Valles Occidentales, un santuario donde aún merodean osos pardos y quebrantahuesos. El pueblo de Hecho, con sus casas de piedra, tejados de pizarra y típicas chimeneas, guarda el Museo Etnológico Casa Mazo y un singular Museo de Escultura Contemporánea al Aire Libre. No muy lejos del pueblo está la Selva de Oza, cuyos paisajes te dejarán sin aliento. Se trata una de las masas arbóreas más importantes de Aragón, rodeada de cumbres que rozan los 2.700 metros.
Y no porque a la entrada leamos en un cartel que es uno de los "Pueblos más bonitos de España". No lo necesita. Su origen árabe y la disposición de las casas formando una media luna le da esa panorámica tan pintoresca a la población. Esta villa medieval (Al-Qsar) de origen árabe cumple todos los requisitos de los pueblos con encanto. Pero además de sus famosas pasarelas, sus murallas-fortaleza y la colegiata, te van a hacer tan feliz como su vino. Somontano, naturalmente.
Asentada sobre un cerro con forma de proa de barco, la villa medieval de Aínsa recibe al viajero en medio del valle dominado por la Peña Montañesa (valga la redundancia) de 2.295 metros. La ciudadela fue construida en el siglo XI, declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1965 y completamente restaurada a finales del siglo pasado. El resultado: un casco histórico de revista, con gusto por el adoquín y donde nunca falta ese ambiente tan característico que la hace una de las joyas del Pirineo. Recuerda: "Capital del Turismo Rural" en una comarca de ensueño, merece la pena quedarse a dormir.
El Valle del Tena son palabras mayores en el Pirineo Aragonés. Entre Lanuza y Sallent de Gállego hay cuatro kilómetros escasos y maravillosos para disfrutar, vivir y dormir, después de una jornada de cuento en trineos de perros. O haciendo un iglú. Lanuza, recuperado en las orillas de los embalses, conocido por el festival de música Pirineos Sur –donde cada verano se encuentran continentes, culturas y sonidos–, contrasta con poblaciones de larga historia como Sallent de Gállego, un antiguo pueblo de realengo de unos 1.800 habitantes, que actualmente es la capital del valle. El fraile León Benito Martón, conocido escritor sallentino del siglo XVIII, cuando escribió la historia de Sallent, decía que en sus cercanías se hallaba enterrada el Arca de Noé, nave salvadora de las especies de la tierra que acabó enclavada en el valle de Tena cuando acabó el diluvio universal.
Roldán y un presunto sobrino de Carlomagno, los cátaros, los monjes hospitalarios o contrabandistas míticos de la frontera se esconden por las estrechas y empinadas calles de uno de los pueblos medievales de Huesca, Torla, en las tardes de invierno. Lejos del gentío estival, la villa medieval regresa a su esencia. Desde este enclave, repleto de leyendas fronterizas y de contrabandistas, el acceso a los valles de Bujaruero y Otal es una alternativa al maravilloso Valle de Ordesa, lleno de secretos.
Comparte con la montaña la naturaleza rocosa de la materia prima que compone sus calles y su conjunto histórico, que goza de la consideración de bien de interés cultural. Aquí, es posible volver a los tiempos anteriores a la Guerra Civil española, observando a los vecinos lucir los trajes tradicionales ansotanos, cuando pasean por el entorno del fornido Torreón Medieval o rodean la monumental iglesia de San Pedro, austero ejemplo del gótico de transición y orgullo de la localidad, señalizado por su bonito campanario. Una jornada por la selva de Oza, rematada con el refugio Gabardito, y prometemos días inolvidables.
Aquí, arte y esquí son amantes promiscuos, compaginan a la perfección, porque no hay nada más lúdico que tras una jornada única en la nieve, perderte en el museo románico de Jaca, uno de los pueblos de Huesca para visitar, para descubrir la belleza que encerraban esas iglesias, un cómic que los artistas del gótico entendieron pero la religión de la Inquisición, mucho menos. Y luego, cubiertas las necesidades del cuerpo y el alma, es fácil darse a la lujuria de la comida en este lugar embrujado de la provincia de Huesca.
Una vez en la vida, uno debería descansar en Santa Cruz de la Serós, despertarse con una ventana a su maravillosa iglesia –o a San Caprasio– respirar y saber que está a minutos de entrar en el tiempo remoto, medieval, de historia y leyendas con tumbas de grandes reyes de Aragón y el cáliz con la sangre de Cristo. Esto es Santa Cruz y San Juan de la Peña. Dos hermosos pueblos de Huesca. Una pasión.
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